Mejora operacional en minería con control

Una planta puede cumplir su plan de producción y, aun así, acumular pérdidas relevantes por reprocesos, detenciones no planificadas, variabilidad en la calidad o brechas de coordinación entre turno, mantenimiento y contratistas. La mejora operacional en minería aborda precisamente esas pérdidas: convierte datos, procedimientos y controles en decisiones verificables sobre el terreno.

No se trata de añadir más formularios ni de implantar una metodología aislada. En una operación minera, mejorar exige intervenir sobre la forma en que se planifica, ejecuta, supervisa y corrige el trabajo. El resultado esperado es una operación más predecible, con menos desviaciones críticas y mayor capacidad para sostener el cumplimiento de producción, seguridad, medioambiente y calidad.

Qué implica la mejora operacional en minería

La mejora operacional debe partir de una visión de proceso completo. La perforación, la tronadura, el carguío, el transporte, el chancado, la molienda, el tratamiento de aguas o la gestión de relaves tienen interdependencias técnicas. Una desviación en un punto puede aparecer más adelante como una pérdida de recuperación, un aumento de consumo energético, una no conformidad ambiental o una condición insegura.

Por esta razón, los indicadores de volumen por sí solos no bastan. Una mejora consistente observa el desempeño mediante variables operativas, de calidad, HSE, mantenimiento y cumplimiento contractual. El objetivo no es optimizar un área a costa de otra, sino reducir la variabilidad del sistema y proteger sus restricciones críticas.

También requiere distinguir entre problemas puntuales y causas sistémicas. Corregir un equipo fuera de especificación puede resolver una incidencia. Sin embargo, si no existe una pauta de inspección, un criterio de aceptación documentado o una asignación clara de responsabilidades, la misma desviación volverá a producirse. La gestión debe llegar al origen del fallo.

Empezar por una línea base fiable

El primer error habitual es iniciar iniciativas de mejora sin una línea base común. Distintas áreas pueden utilizar definiciones diferentes de disponibilidad, productividad, reproceso o incidente. Sin criterios consistentes, los datos no permiten comparar turnos, frentes de trabajo ni periodos de operación.

Una línea base útil combina información cuantitativa con evidencia de ejecución. Esto incluye registros de producción, detenciones, resultados de laboratorio, órdenes de trabajo, observaciones de seguridad, hallazgos de inspección y no conformidades. La revisión debe confirmar que el dato es trazable, que la fuente está identificada y que el método de cálculo se mantiene en el tiempo.

En esta etapa conviene representar el proceso de extremo a extremo y definir sus puntos de control. Un mapa de procesos bien construido permite identificar entradas, salidas, responsables, controles, riesgos y registros asociados. Bajo un enfoque de gestión por procesos, no solo se observa qué actividad se realiza, sino bajo qué estándar, con qué recursos y cómo se valida su resultado.

Priorizar con criterios de riesgo y criticidad

No toda desviación merece el mismo esfuerzo. La priorización debe ponderar impacto en personas, continuidad operacional, medioambiente, calidad del producto, coste y cumplimiento normativo. Un modo de fallo poco frecuente puede requerir atención inmediata si sus consecuencias son graves; una pérdida menor pero repetitiva puede justificar una mejora estructural por su efecto acumulado.

Herramientas como HAZID, HAZOP, análisis de causa raíz, AMFE y matrices de riesgo ayudan a ordenar esta decisión. Su valor no está en completar una plantilla, sino en reunir a operaciones, mantenimiento, calidad, ingeniería y HSE para revisar escenarios reales, barreras existentes y brechas de control.

Estandarizar el trabajo sin rigidizar la operación

La estandarización es uno de los pilares de la mejora operacional, especialmente en operaciones con múltiples turnos, equipos propios y empresas colaboradoras. Un procedimiento crítico debe indicar qué se hace, quién lo ejecuta, qué condición de entrada es aceptable, qué controles se aplican, qué evidencia se genera y cómo se actúa ante una desviación.

No obstante, estandarizar no significa ignorar las particularidades del yacimiento, la condición del equipo o las restricciones de una campaña. Los procedimientos deben definir límites de operación y criterios de escalado, no sustituir el juicio técnico. Cuando el escenario se sale de esos límites, debe existir un mecanismo formal para detener, evaluar, autorizar y registrar el cambio.

Las normas ISO 9001, ISO 14001 e ISO 45001 aportan una estructura útil para este propósito. Facilitan la definición de procesos, la gestión de riesgos y oportunidades, el control de la información documentada, la competencia del personal y la evaluación del desempeño. Su aporte real aparece cuando los requisitos se integran en las rutinas operativas y no quedan restringidos al sistema documental.

Llevar el control de calidad al punto de ejecución

En minería, muchos defectos se detectan tarde, cuando su corrección resulta costosa o afecta a la continuidad de la operación. El control de calidad debe desplazarse hacia los puntos donde se genera la desviación: recepción de materiales, ejecución de obras, montaje electromecánico, mantenimiento, muestreo, calibración o liberación de equipos.

Los planes de inspección y ensayo permiten definir los controles necesarios, su frecuencia, responsables y criterios de aceptación. También establecen puntos de espera o de presencia, de modo que una actividad no avance sin la validación requerida. Esta disciplina resulta especialmente relevante en proyectos de expansión, plantas de proceso, infraestructura de relaves y contratos con requisitos técnicos exigentes.

La inspección técnica en terreno debe ser independiente, objetiva y capaz de traducir hallazgos en acciones concretas. Un informe útil identifica la desviación, referencia el requisito aplicable, evalúa su criticidad, asigna un responsable y establece una fecha de cierre. Si no existe verificación de eficacia, el hallazgo puede cerrarse administrativamente sin que el riesgo haya desaparecido.

Integrar mantenimiento, operación y contratistas

La disponibilidad de un activo no depende exclusivamente del área de mantenimiento. La operación influye mediante la disciplina de uso, la detección temprana de anomalías y la calidad de los avisos. Ingeniería aporta cambios de diseño y criterios técnicos. Abastecimiento condiciona la disponibilidad de repuestos críticos. La coordinación entre estas funciones determina si una intervención se anticipa o termina convirtiéndose en una parada no planificada.

La misma lógica se aplica a las empresas contratistas. Exigir documentación de calidad y seguridad es necesario, pero insuficiente. Los contratistas deben conocer los estándares operativos, los riesgos de interfaz, los criterios de aceptación y los canales para notificar desviaciones. La supervisión en terreno y la gestión de competencias son controles operativos, no tareas administrativas.

Cuando faltan capacidades internas en fases críticas, la externalización de profesionales especializados puede aportar continuidad y criterio técnico. La condición es definir con precisión el alcance, las atribuciones, los entregables y la integración con la estructura de la faena. Un especialista externo debe reforzar el sistema de control, no crear una cadena paralela de decisiones.

Digitalizar para mejorar la trazabilidad, no para multiplicar datos

La digitalización puede reducir tiempos de reporte y dar visibilidad a los indicadores, pero no corrige por sí misma un proceso mal definido. Antes de implantar cuadros de mando, aplicaciones móviles o modelos BIM, conviene revisar qué decisión necesita cada dato, quién lo valida y qué acción se activa cuando se supera un umbral.

En proyectos de infraestructura minera, la aplicación de ISO 19650 permite estructurar la gestión de la información mediante responsabilidades, requisitos y entornos comunes de datos. Bien aplicada, facilita la coordinación entre diseño, construcción, inspección y operación. Sin embargo, su implantación requiere gobernanza documental, nomenclatura, flujos de aprobación y formación específica; de lo contrario, solo se digitaliza el desorden existente.

Un buen sistema combina indicadores adelantados y atrasados. Las horas de parada o las no conformidades cerradas muestran resultados ya ocurridos. Las inspecciones ejecutadas, el cumplimiento de mantenimiento preventivo, la vigencia de calibraciones, la competencia verificada y el cierre eficaz de acciones permiten anticipar problemas antes de que afecten al proceso.

Medir la eficacia y sostener la mejora

Cada iniciativa debe tener una hipótesis clara: qué causa se pretende controlar, qué indicador debería cambiar, en qué plazo y bajo qué condiciones. Medir únicamente la actividad, por ejemplo el número de capacitaciones realizadas, no demuestra eficacia. Es necesario comprobar cambios observables en la ejecución y en el resultado operacional.

Las auditorías internas, las revisiones de desempeño y las reuniones de seguimiento deben centrarse en evidencias. Si una acción correctiva no elimina la causa raíz, debe reabrirse o reformularse. Si un estándar funciona en un área, debe evaluarse su transferencia a otras unidades, considerando sus riesgos y condiciones particulares.

La mejora operacional sostenible exige disciplina de gestión: decisiones basadas en datos fiables, controles presentes en el terreno y responsables que conozcan tanto el requisito como la consecuencia de no cumplirlo. Cuando calidad, seguridad, medioambiente y producción operan bajo una misma lógica de proceso, la operación gana capacidad para responder sin perder control.

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